La historia de Mitjavila Slow Shop es, ante todo, la historia de una familia y de un barrio. Xabier G. Mitjavila, ingeniero químico y fundador del proyecto, decidió abrir esta tienda de producto de proximidad tras recuperar un legado que llevaba más de un siglo presente en Sarrià. Su familia regentó durante generaciones la histórica Fustería Mitjavila y, aunque el negocio cerró en 1997, el vínculo emocional permaneció intacto. AEste vínculo, unido al deseo de “volver a los orígenes” y recuperar una forma más consciente de consumir, fue lo que empujó a Xabier a dar el paso. “Quería crear un espacio que recuperara lo que me contaban mis abuelos: comprar a granel, conocer al productor, valorar lo que comes”, recuerda.
Una tienda que apuesta por la proximidad, el asesoramiento honesto y el resurgimiento del comercio de barrio.
Xabier G. Mitjavila
Una tienda donde el cliente sabe qué compra, cómo se produce y de dónde procede.
La tienda nació con una esencia muy clara: ser un espacio transparente —literal y metafóricamente— donde el cliente sabe qué compra, cómo se produce y de dónde procede. Situada en la zona de Sarrià–Sant Gervasi, ofrece una selección de productos a granel, de proximidad y ecológicos que van desde arroz, legumbres, especias y cereales hasta frutos secos, fruta deshidratada, infusiones o cerveza artesana. Todo ello acompañado de un asesoramiento cercano y profundo, muy alejado de la experiencia impersonal que domina en los grandes supermercados. “La gente empieza a ser consciente del valor del producto KM0 y de la calidad real de lo que come”, asegura Xabier G. Mitjavila. “Cuando explicas el origen, cuando haces probar, la percepción cambia por completo.”
Xabier G. Mitjavila, fundador de una pequeña tienda de barrio: “Quería crear un espacio que recuperara lo que me contaban mis abuelos: comprar a granel, conocer al productor y valorar lo que comes”.
Químico de formación y dedicado profesionalmente al diseño y la reforma de fábricas del sector alimentario, farmacéutico y químico, Xabier G. Mitjavila había visto de primera mano cómo los procesos industriales se alejaban cada vez más del producto natural. Este contraste despertó su inquietud y sembró la semilla del proyecto. Mientras trabajaba a tiempo completo en su profesión, dedicó más de un año a recorrer ferias, hablar con productores, descubrir proveedores locales y entender en profundidad cada producto. Este esfuerzo se convirtió en el sello diferenciador de Mitjavila Slow Shop. “La diferencia está en explicar. La gente ya no está acostumbrada a que le expliquen lo que compra, y eso lo valora muchísimo”, señala.
“La gente ya no está acostumbrada a que le expliquen lo que compra, y eso lo valora muchísimo”.
Xabier G. Mitjavila
Productos como los frutos secos, las infusiones, las cervezas artesanas o los huevos ecológicos se han convertido en imprescindibles para muchos clientes, que recomiendan la tienda de boca a boca. También destacan las degustaciones que se organizan regularmente para que los visitantes conozcan nuevos sabores y el trabajo que hay detrás de cada productor. “Cuando alguien prueba un producto de calidad, el cerebro conecta. Esa es la magia”, dice.
Otra de las claves del proyecto es la transparencia extrema. Todos los productos están expuestos en envases de metacrilato con información detallada sobre su origen y características. Si un producto cambia de proveedor o de país, la tienda lo comunica sin rodeos. “La sinceridad es innegociable. Si algo viene de Tailandia, lo digo. No sirve de nada ocultarlo. La gente agradece la verdad”, afirma.
Además del ámbito gastronómico, la tienda incorpora detergentes biodegradables, jabones artesanales y alternativas sostenibles que acompañan el enfoque de residuo cero al que aspira la marca. Una filosofía que encaja con el tipo de cliente que llega al local: exigente, informado y comprometido con el entorno. “No busco volumen, busco a la gente que valora la proximidad, que quiere saber qué compra. Ese es mi público”, explica el fundador.
“No busco volumen, busco a la gente que valora la proximidad”.
Xabier G. Mitjavila
Aun así, emprender en un barrio como Sarrià no es sencillo. El alto precio de los alquileres y la estacionalidad del barrio han sido retos constantes. Pero se puede mantener una visión clara y honesta sobre el camino: “Me he marcado dos años para evaluar si el proyecto puede sostenerse. Si no, me llevaré un aprendizaje enorme. Pero creo que el comercio de barrio volverá a resurgir. La gente se está cansando de los centros comerciales”.

Con su primer aniversario a la vista, Mitjavila Slow Shop se ha consolidado como un refugio donde comprar deja de ser un trámite y vuelve a ser una experiencia humana. Una tienda que demuestra que el futuro, quizá, se parece mucho al pasado: trato cercano, calidad real y productores que ponen alma en lo que hacen. “Volver a los orígenes no es nostalgia”, concluye Mitjavila. “Es una manera de comer mejor, vivir mejor y entender mejor aquello que nos alimenta”.
“Cuando intentas crear un negocio donde valores como la sostenibilidad, el residuo cero y la proximidad son tu bandera, cada decisión es importante y es el reflejo de tu imagen. Debes ser coherente, aunque los números aprieten, y lo importante es generar una conexión emocional con el cliente que las grandes superficies no pueden copiar. Si eres capaz de mantener esa coherencia en el tiempo, esa será tu principal ventaja competitiva”.
En la próxima compra, piensa en clave local: elige kilómetro cero, elige proximidad.
Artículo de La Vanguardia por Albert Malla Nicolau








